Heráclito dixit:

"Si la felicidad residiera en los placeres del cuerpo, proclamaríamos felices a los bueyes cuando encuentran para comer arvejas amargas"

26 jun. 2014

El sentimiento de mendicidad.

La mayoría de las veces pienso en un señor sentado en la puerta de una iglesia, o de un supermercado, con un cartel de cartón y pinta de no haberse duchado en varias semanas. Hay quien piensa que incluso se organizan y que puede "que ganen más que yo". Otros días me levanto y me veo mendigando a mí mismo. Tengo una serie de responsabilidades y me veo en la obligación de solicitar cualquier tipo de actividad por una mísera cantidad de dinero. "No es lo mismo" me digo a mí mismo, me dicen mis amigos. "Tú estás demandando un trabajo", "quieres ganar honradamente tu dinero", "intercambias tus servicios en igualdad de condiciones" etcétera, etcétera...
La verdad es que el mundo es del color que cada uno lo pinte. Si ir tienda a tienda, fábrica a fábrica, almacén a almacén, dejando un papelito con tus últimos trabajos, tus estudios más relevantes, y una foto lo más currada posible se diferencia en algo del trozo de cartón del mendigo estándar, del que tenemos en el subconsciente, hoy por hoy no lo diferencio. La única diferencia es que uno es, o parece, más higiénico que el otro. Ir bien afeitado, con ropa limpia, zapatos limpios, un folio blanco... Esa es la única diferencia que encuentro.
Quieres una casa, paga. Quieres comer, paga. Quieres estudiar, paga. Quieres medicinas, paga. Y lo último, quieres cobrar el finiquito ¡paga! La sociedad que hemos construido es para hacer una película de risa. Así son las cosas amigo, yo no he hecho las reglas... Es como decir "alabado sea el Señor, así son las cosas, ¿acaso quieres cambiar el mundo?"
Otros días pienso que María Antonieta y sus secuaces pensaban lo mismo horas antes de que estallara la Revolución Francesa. Hace trescientos años el mundo era diferente. ¿O no?